jueves, 6 de noviembre de 2014

La cuenta de los días


Dicen que estoy loco, que las cosas que pienso y entreveo a diario han desgastado mi razón. No estoy enfermo y aunque no puedo probarlo, tengo plena certeza de ello. No, no estoy demente y lo corroboro cada vez que miro a mis vecinos: ¡Lunáticos!

Justo esta mañana, al que apodan "Gatito" se acercó a mí queriendo lamer mi cara con un extraño ronroneo. Un empujón bastó para devolverlo a sus delirios y la prisión a la que lo han confinado. Se retorció y abrigó con una cola peluda e inexistente.

Cada vez que miro al sol por la ventana empañada me recuerdo la cuenta de los días que he visto su ciclo de muerte y resurrección y sé de antemano que un loco pierde la noción del tiempo desde sus primeras etapas de trauma. Sí, lo miro por las ventanas empañadas, todas y cada una empañadas, por saliva, sudor o lágrimas... Algunas veces, hasta por sangre.

Lo peor viene de noche, cuando el cuerpo está hecho de plomo y ya poco le importa el nauseabundo hedor que se cuela desde las celdas más asquerosas. Tan de plomo está que no hace el mínimo esfuerzo por bloquear el oído y los sollozos, los lamentos y los gritos que le aúllan a la luna. Las bestias que los profieren están más activas cuando el calor ha  bajado de a poco desde la muerte del sol. Pero no son los gritos, ni de dolor ni de furia los que más perturban, sino las risas, las estridentes carcajadas que muchos escarban desde su atrofiado raciocinio. Quién sabrá lo que los hace felices, pues en tal estado de podredumbre humana, lo último a lo que pueden aspirar es a encontrar una razón plausible para el bienestar.

Son traídos aquí, en el mejor de los casos, por la policía civil, a punta de porrazos que les fracturan las costillas. El dolor ya fue descartado de su sistema nervioso para la mayoría de ellos. Los menos, pierden la cordura precisamente a causa de lo que las heridas y la tortura les hizo olvidar. Les rompieron hasta las conexiones del cerebro a los nervios con la faena inquisitoria.

Pero lo que entristece de veras es ver que las familias que una vez se esforzaron por amarlos se despiden de ellos, convertidos en extraños, en maniquíes irreconocibles tras los años de degradación. Parecen satisfechos con la resolución final, pero carecen de palabras traducidas en el lenguaje de sus parientes para explicarles el por qué tendrán que vivir en esa casa nueva, con nuevos familiares que sí comparten el dialecto.

Cuando yo di el primer paso en este camino, tanto mi familia como yo mismo creíamos que todo iría bien después de tantas desventuras en casa. Yo aún lo creo, pero ellos han perdido la fe en mi y en sus ojos noto el desconsuelo de saberme parte de esos otros: Compañero de alucinaciones de la señora que arrulla día y noche una madeja de ropa sucia, cual si fuera un bebé; compañero de aventuras del que sueña que es un capataz de la Revolución y cabalga a ratos a un caballo de aire; compañero de todos, menos de mí mismo, pues piensan que me he perdido lo suficiente para nunca volver. 

Lo que no saben y que les inquietaría aún más es que uno no es dueño de su condición, sino al revés, y aunque aparentes estar en pleno control de ti mismo en ciertas horas del día, cuando tus sentidos se alteran por algún recuerdo de ese ingrato pasado, lo que ellos llaman locura te abraza con sus garras bien afiladas. Cualquier visión, aroma o sensación te confina a un estado de excitación que es lo mismo gratificante que auto destructivo.

Dicen que estoy loco, pero son éstos los locos y yo voy a quitárselos a golpes, que para eso me pagan. Si alguno de esos animales nauseabundos se muere en el proceso, mejor así, para que no roben el poco aire viciado que llega hasta la caseta de vigilancia, donde tengo que soportar sus demencias a diario. No estoy loco, porque no disfruto el machacar sus cuerpos y sus crismas. Sólo me gusta lo mínimo para no querer renunciar a este trabajo después de todos estos años.

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